A ORIENTAÇÃO NORTE-AMERICANA DA POLÍTICA EXTERNA

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A ORIENTAÇÃO NORTE -AMERICANA DA POLÍTICA EXTERNA,
John Spanier

(In: La Politica Exterior Norteamericana a partir de la Segunda Guerra
Mundial, Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, 1991, p.18-26)

O comportamento dos atores do sistema internacional está
condicionado à percepção própria de cada um do sentido da política
externa. Essa percepção, ancorada profundamente na cultura política
e na história nacional, configura um estilo. O texto selecionado investiga
as diretrizes fundamentais do estilo nacional americano, que contrasta
vivamente com o estilo das nações européias.

O estilo americano, ao menos aparentemente, configura negação
da primazia do interesse nacional e, portanto, da política de poder –
na orientação da política externa. Hans Morgenthau assumiu uma
atitude crítica diante da formulação da política exterior norte-
americana, reprovando seu apego à ideologia, seu sentido moralista e
sua retórica internacionalista. Henry Kissinger, adepto declarado da
política de poder, insistiu na importância das considerações relativas ao
equilíbrio, que continuariam válidas no contexto bipolar da Guerra
Fria. A política externa que conduziu, como Conselheiro para Segurança
Nacional e, depois, Secretário de Estado, do presidente Richard Nixon,
no início da década de 1970, é apontada como exemplo de apego às
considerações geopolíticas e à realpolitik.

Por outro lado, é argumentável que o estilo americano, confrontado
às realidades da política de poder vigentes na cena internacional, realizou-
se unicamente no plano da retórica, como justificativa moralizante para
opções que, efetivamente, correspondiam ao interesse nacional. Essa
linha de análise permite enxergar sob luz mais clara as orientações
subjacentes a diretrizes tão distanciadas no tempo como a Doutrina
Monroe (1823) e a Doutrina Truman (1947). Nos dois casos, a orientação
norte-americana definiu objetivos adequados ao interesse nacional,
envolvendo-os em justificativas morais adaptadas à história e à cultura
política singulares da nação.

A orientação norte-americana da política externa

La habilidad de Estados Unidos para vivir aislado durante el siglo
XIX y la primera década del siglo XX no puede atribuirse solamente a la
distancia de la nación respecto de Europa o a la preocupación de Europa
por la industrialización y el conflicto de clases en el frente interno y la
colonización en el externo, o al poderío de la Armada Real. También
debe tomarse en consideración la naturaleza de la democracia. Estados
Unidos se veía a sí mismo como algo más que simplemente la primera
“nueva nación” del mundo; también era la primera democracia del
mundo y, en tanto que tal, el primer país en la historia con el deseo de
que se desarrollara y alcanzara mejores condiciones una gran cantidad
de gente común, de poder asegurarles la oportunidad de enriquecer y
ennoblecer sus vidas. (“Dadme vuestras masas cansadas, pobres y
amontonadas que claman por respirar en libertad”, dice la inscripción
de la Estatua de la Libertad.) La unión más perfecta era ser una sociedad
igualitaria. Los conceptos europeos de jerarquía social, nobleza y títulos,
y las amargas luchas de clases no se instalarían en este suelo democrático.

Desde el comienzo mismo de su vida nacional, los norteamericanos
profesaron una fuerte creencia en lo que consideraban su destino:
extender, por el ejemplo, la libertad y la justicia social para todos y apartar
a la humanidad del mal camino, conduciéndola hacia la Nueva Jerusalén
terrestre. La inmigracíon masiva del siglo XIX – especialmente después
de 1865 – vendría a reforzar este sentido de destino. “El repudio de
Europa”, dijo John Dos Passos “es, después de todo, la principal excusa
que tiene Estados Unidos para existir”. Europa representaba la guerra,
la pobreza y la explotación; América, la paz, las oportunidades y la
democracia. Pero Estados Unidos no sólo sería el faro de una manera de
vivir internamente en forma democráticamente superior. Sería también
ejemplo de un modelo de comportamiento internacional democrático
moralmente superior. Estados Unidos rechazaría voluntariamente la
política de la fuerza para la conducción de su política exterior. La teoría
democrática plantea que los pueblos son racionales y morales y que las
diferencias entre ellos pueden arreglarse por medio de la persuasión
racional y la exhortación moral. Por cierto, garantizada esta presunción,
las únicas diferencias que podían surgir serían sólo malas interpretaciones
y, desde que los pueblos están dotados de razón y de sentido moral,
¿qué entredichos no podrían arreglarse dada la necesaria buena
voluntad? Se consideraba que la paz – el resultado de la armonía entre
los pueblos – era el estado natural o normal.

Por el contrario, se consideraba al conflicto una desviación
primordialmente causada por líderes perversos, cuya moralidad y razón
habían sido corrompidos por el ejercicio de un poder descontrolado. La
política de la fuerza era el instrumento de los conductores autocráticos
y egoístas – es decir, líderes no sometidos al control de la opinión pública
democrática –, que gustaban esgrimirla para su ventaja personal. Para
ellos, la guerra era un juego grandioso. Ellos podían permanecer en sus
palacios, comiendo bien y disfrutando de los lujos de la vida. No sufrían
ninguna de las privaciones de la guerra. Estas recaían en la gente común,
que tenia que dejar a su familia para luchar, soportar impuestos más
altos para pagar la guerra y, seguramente, ver cómo se destruían sus
hogares y sus familias. La conclusión era clara: los Estados no
democráticos tenían una tendencia a la guerra y al mal; las naciones
democráticas, en las cuales el pueblo controlaba a sus líderes y
periódicamente los cambiaba, eran pacíficas y morales.

La experiencia norteamericana parecía abonar esta conclusión:
Estados Unidos era una democracia y estaba en paz. Más aún, la paz
parecía ser el estado habitual de las cosas. Era lógico que se entendiera
a la democracia y al comportamiento y intenciones pacíficas como
sinónimos. Los norteamericanos nunca se preguntaban si la democracia
era responsable por la paz que disfrutaban o si la paz era producto de
otras fuerzas. Las constantes guerras europeas parecían dar la respuesta:
la política europea era la política de la fuerza y ello era así la raíz de la
naturaleza no democrática de los regímenes europeos. Los norteamericanos
se habían separado de Europa y de sus conflictos de clase y política de
fuerza después de la guerra revolucionaria. América tenía que
salvaguardar su pureza democrática y abstenerse de involucrarse en
los asuntos de Europa, a menos que quisiera rebajarse y corromperse.

La no alienación o el aislacionismo, en consecuencia, era la política
moralmente correcta, porque le permitía a Estados Unidos mantenerse
aislado de las estructuras sociales jerárquicas y de los hábitos
internacionales inmorales propios de Europa.

Al confundir los resultados de la geografía y de la atención prestada
por Europa a Asia, el Medio Oriente y Africa con las virtudes de la
democracia norteamericana, los norteamericanos podían disfrutar
presuntuosamente de su autoconferida superioridad moral como
primera democracia del mundo. La Doctrina Monroe, proclamada en
1823, la primera que subrayó, oficialmente y de manera explícita, esta
diferencia ideológica entre el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo, declaraba
de forma específica que el sistema político norteamericano era
“esencialmente diferente” del europeo, cuyas naciones estaban
constantemente envueltas en guerras. La consecuencia era muy clara:
el gobierno democrático equivale a la paz y el gobierno aristocrático –
al que se identificaba con el despotismo – significa guerra.

Pero esta asociación de la paz con la democracia no era la única
razón del desprecio por la política de la fuerza. Otra razón era que
Estados Unidos era mayoritariamente una sociedad de una sola clase,
en la cual la mayoría compartía la creencia en un conjunto común de
valores de clase media, capitalistas y democráticos. América era única
en este aspecto entre las naciones. Los países europeos eran, por
contraste, sociedades de tres clases sociales. Además de la clase media,
contenían en su cuerpo político una clase aristocrática, cuyas energías
estaban consagradas, ya a mantenerse en el poder, ya a recuperar el
poder y volver a los gloriosos días de su pasado feudal. Además, la
urbanización europea y la industrialización ocurridas durante el siglo
XIX habían dado origen a un proletariado el cual, por sentir que no
recibía una porción justa del ingreso nacional, se había convertido en
una clase revolucionaria. Las naciones del Viejo Mundo eran un
compuesto de estos tres elementos: una aristocracia reaccionaria, una
clase media democrática y un proletariado revolucionario. Estas naciones
tenían, tanto en sentido intelectual como político, una derecha, un centro
y una izquierda.

Estados Unidos sólo tenía un centro, tanto intelectual como
políticamente. Nunca había experimentado un pasado feudal y, en
consecuencia, no tenía una amplia y poderosa clase aristocrática
ocupando la derecha. Como era, en todo sentido, una sociedad
igualitaria, también carecía de un genuino movimiento de protesta de
izquierda, tal como el socialismo o el comunismo. Norteamérica, como
lo había dicho Alexis de Tocqueville, había “nacido libre” como una
sociedad de clase media, individualista, capitalista y democrática. No
estaba dividida por el tipo de profundos conflictos ideológicos que en
Francia, por ejemplo, enfrentaron a una clase con la otra. Ninguna clase
le había tenido jamás tanto miedo a la otra, como para preferir la derrota
nacional a la revolución interna, como ocurrió en Francia a fines de la
década de 1930, cuando la haute bourgeoisie era tan medrosa de una
rebelión proletaria que su slogan se convirtió en “Mejor Hitler que Blum”
(León Blum, el líder socialista francés).

Este abrumador acuerdo acerca de los valores fundamentales
propios de la sociedad norteamericana y las intensas luchas sociales de
Europa reforzaron la mala interpretación norteamericana de la
naturaleza y funciones de la fuerza en la vida internacional. Los grupos
insatisfechos nunca desarrollaban una ideología revolucionaria porque
la creciente prosperidad los alcanzaba antes de la fuerza en un sentido
internacional. Los grupos insatisfechos nunca desarrollaban una ideología
revolucionaria porque la creciente prosperidad los alcanzaba antes de
que pudieran convertir en acción política sus quejas contra el
capitalismo. (Los negros norteamericanos eran la excepción, porque
nunca compartieron esta riqueza o este poder político.) Con la excepción
de la guerra civil, Estados Unidos – políticamente seguro, socialmente
cohesionado y económicamente próspero – era capaz de resolver la
mayoría de sus diferencias pacificamente. Al vivir en el aislamiento, el
país podía creer en un proceso histórico evolutivo, democrático y
economicamente próspero; la revolución y la radicalización se
consideraban malas. En agudo contraste, debido a sus luchas internas
de clase y a los conflictos externos entre ellas, las naciones de Europa
comprendían plenamente que los conflictos sociales son naturales y
que la fuerza juega un papel en su solución.

En el pasado, los norteamericanos habían estado hasta tal punto
de acuerdo sobre los valores básicos, que cada vez que la nación había
sufrido alguna amenaza externa, también se había temido algún tipo
de deslealtad interna. Una de las grandes ironías de la sociedad
norteamericana es que, mientras los norteamericanos tienen esta unidad
de creencias compartidas en un grado mucho mayor que cualquier otro
pueblo, sus temores respecto de un peligro externo repetidamente los
han llevado, primero, a insistir en una reafirmación general, en cierta
forma dogmática, de lealtad a la “forma de vida norteamericana” y, se
los etiquetaba de “peligrosos para la seguridad y de lealtad dudosa”.

Quizás sólo una sociedad tan abrumadoramente comprometida con
un conjunto de valores podría haber sido tan sensible a la subversión y
tan temerosa de la traición interna. Quizás sólo una sociedad en la cual
dos o más ideologías han aprendido a convivir desde hace bastante
tiempo pueda genuinamente tolerar opiniones diversas. ¿Quién ha
oído jamás hablar de actividades “antibritánicas” o “antifrancesas”?

A menudo se ha llamado a Estados Unidos un “crisol” debido a los
diversos grupos nacionales que comprende, pero, antes de que cada
generación de inmigrantes hubiera sido plenamente aceptada en la
sociedad norteamericana, tuvo que “americanizarse”. Pocos
norteamericanos han aceptado alguna vez la diversidad como un valor.

La sociedad norteamericana, en efecto, se ha sentido muy orgullosa de
destruir la diversidad por medio de la asimilación.
En ningún caso la política les ha parecido demasiado importante
a los norteamericanos. Estados Unidos maduró durante el siglo XIX, la
época del capitalismo de laissez-faire, cuya presunción básica es que las
personas están económicamente motivadas. El interés propio gobernaba
el comportamiento. Se lo puede denominar “interés propio ilustrado”,
pero sigue siendo interés propio. Los individuos, buscando llevar al
máximo su riqueza, respondían a la demanda del mercado libre. En un
esfuerzo por aumentar los beneficios, producían lo que querían los
consumidores. Las leyes de oferta y demanda, en consecuencia,
transformaban al egoísmo económico de cada persona en resultados
socialmente beneficiosos. De esta manera, toda la sociedad prosperaría.

El mercado libre se consideraba la institución central que suministraba
“el mayor bien para la mayor cantidad”. La política importaba poco en
este sistema económico que se ajustaba a sí mismo, basado en los
individuos cuyos esfuerzos combinados derivaban en un bienestar
general. El mejor gobierno era aquel que menos gobernaba. La
interferencia arbitraria de la política con las leyes económicas del
mercado sólo afectaba negativamente los resultados que estas leyes se
suponía que producirían. La propiedad privada, los beneficios
económicos y el mercado libre eran las claves para asegurar la felicidad
del pueblo, al hacerlo vivir en la abundancia. El capitalismo, en resumen,
reflejaba el materialismo de la era de la industrialización.
Para plantear el tema de manera más cruda: la economía era buena
y la política mala. Esta simple dicotomía se le planteaba naturalmente
a la clase media capitalista. Los beneficios de la libertad económica ¿acaso
no eran tan “evidentes por sí mismos” como las verdades establecidas
en la Declaración de la Independencia? ¿Y acaso esta libertad económica
no se había ganado tras una larga y amarga lucha de la clase media
europea tendiente a reducir la autoridad del poderoso Estado
monárquico y finalmente derrocarlo a través de una revolución en
Francia? La clase media, en la medida en que se había vuelto más
próspera y numerosa, se había tornado cada vez más remisa a pagar
los impuestos de los cuales la aristocracia, por lo general, estaba exenta,
a las restricciones impuestas en el comercio y la industria, a la ausencia
de instituciones en las cuales estuvieran representados los intereses
económicos y políticos de la clase media, a las barreras de clase que,
respecto del status social, implicaban carreras como el ejército y la
burocracia y a la falta general de libertad de pensamiento y expresión.

Como la clase media identificaba el poder del Estado con su propia
falta de libertad, su meta era limitar este poder. Sólo imponiendo
restricciones sobre la autoridad del Estado podía ganar la libertad
individual y, sobre todo, el derecho a la empresa privada al que aspiraba.
La filosofía democrática planteaba estos reclamos en términos de los
“derechos naturales” del individuo. El ejercicio de la autoridad política
se equiparaba con el abuso de dicha autoridad y la supresión de las
libertades personales. El poder del Estado debía limitarse al mínimo
para asegurar el máximo de libertad política y económica del individuo.

Fue con ese propósito en mente que la constitución Norteamericana
dividió la autoridad entre los estados y el gobierno federal y, dentro de
este último, entre la rama ejecutiva, legislativa y judicial. El federalismo
y la separación de los poderes se diseñaron deliberadamente para
mantener débiles a todos los gobiernos, en especial al gobierno nacional.
Los problemas seculares se resolverían, no por medio de acciones políticas
del Estado, sino por las acciones económicas de los mismos individuos
dentro de la sociedad en tiempo de paz.

La experiencia norteamericana reflejaba esta filosofía; millones
de personas venían a Estados Unidos desde otras tierras en busca de
una vida mejor. Norteamérica era el paraíso terrenal donde cada uno
podía ganar lo suficiente para llevar una vida respetable. Tierra virgen,
América presentaba magnificas oportunidades para la empresa
individual. Primero, había la frontera del Oeste, con sus ricas tierras;
después, durante la Revolución Industrial, los generosos recursos
naturales del país, El entorno, la tecnología, la empresa individual y las
políticas gubernamentales favorables le permitían al pueblo
norteamericano convertirse en un “pueblo de abundancia”. Pero ganar
dinero no sólo era económicamente necesario para alcanzar un estándar
de vida cómodo, también era psicológicamente necesario a fin de obtener
status social y ganarse el respeto de los compatriotas.
Se deduce lógicamente que, si las ganancias materiales confieren
respeto y posición social, todos se lanzarían a buscar el “dólar
todopoderoso”. Si las personas, en una sociedad igualitaria, son juzgadas
primordialmente por sus logros económicos, se concentrarán en salir
adelante. No es sorprendente, en consecuencia, que el dinero se haya
convertido, en Estados Unidos, en un parámetro común de valor más
que en cualquier otro país. El dinero es el símbolo del poder y del prestigio,
es el signo de éxito, tanto como el fracaso en ganar dinero es una muestra
del malogro personal. Se ha dicho, no sin cierta justicia, que los varones
norteamericanos prefieren tener dos autos antes que dos amantes.

No es sorprendente, entonces, que en estas circunstancias la
solución para los problemas internacionales se considerara un asunto
económico más que político. La economía se identificaba con la armonía
social y con el bienestar de todos los pueblos; la política se equiparaba
al conflicto, A la guerra y la muerte. Tanto como la “buena sociedad”
sería producto de la libre competencia, la sociedad internacional pacífica
se crearía a partir del comercio libre. Una política de laissez-faire
internacional beneficiaría a todos los Estados, tanto como una política
nacional de laissez-faire beneficiaba a todos los individuos. En
consecuencia, los pueblos de todo el mundo tenían un interés creado en
la paz, a fin de llevar adelante sus relaciones económicas. El comercio
dependía de la mutua prosperidad (los pobres no hacen demasiados
intercambios comerciales entre sí). La guerra empobrece y destruye y
crea mala voluntad entre las naciones. El comercio beneficia a todos los
Estados participantes; a mayor cantidad de comercio, mayor es el
número de intereses individuales implicados. El comercio determinaba
un interés creado en la paz; la guerra era poco provechosa económicamente
y, en consecuencia, obsoleta. El comercio libre y la paz, en resumen,
eran una y la misma causa.

Un resultado de este desprecio norteamericano por la política de
la fuerza fue que, historicamente, Estados Unidos ha delineado una
tajante distinción entre la guerra y la paz en su enfoque de la política
exterior. La paz se caracterizó como un estado de armonía entre las
naciones; la política de la fuerza, por el otro lado, se consideró anormal
y la guerra un crimen. En tiempos de paz, uno debía prestar muy poca
atención o ninguna a los problemas exteriores; por cierto, hacerlo hubiera
distraído a la gente de sus preocupaciones individualistas y materialistas
y afectado a la escala de valores sociales. El efecto de esta actitud fue
claro: los norteamericanos prestaban atención al mundo exterior con
una actitud remisa y por lo general sólo cuando se los provocaba, es
decir, cuando la amenaza exterior se había convertido en algo tan claro
que no podía seguir siendo ignorada. O, para decirlo de una manera
diferente, en política Estados Unidos rara vez tomaba la iniciativa; los
estímulos responsables por la formulación de la política exterior
norteamericana venían del otro lado de las fronteras del país.

Una vez que se provocaba a los norteamericanos y que Estados
Unidos tenía que recurrir a la fuerza, el empleo de esta fuerza se
justificaba en términos de los principios morales con los cuales Estados
Unidos, como país democrático, se identificaba. Sólo se podía justificar
la guerra presuponiendo propósitos nobles y destruyendo
completamente al enemigo inmoral que amenazaba la integridad, sino
la existencia de estos principios. El poder norteamericano tenía que ser
un poder “justo”; sólo su pleno ejercicio podía asegurar la salvación o la
absolución del pecado. Un segundo resultado del desprecio por la política
de la fuerza era, en consecuencia, que la aversión nacional hacia la
violencia se convirtió, en ocasiones, en una glorificación nacional de la
violencia y las guerras se convirtieron en cruzadas ideológicas tendientes
a destruir al Estado enemigo y enviar a su pueblo a un reformatorio
democrático. Hacer que el mundo fuera seguro para la democracia – el
objetivo planteado durante la Primera Guerra Mundial – era realizar-
se democratizando al populacho de la nación agresora, haciendo que
sus nuevos conductores fueran responsables del pueblo al que
gobernaban y así convirtiendo al Estado anteriormente autoritario o
totalitario en un pacífico Estado democrático y prohibiendo para
siempre la política de la fuerza. Una vez que se había alcanzado dicho
objetivo, Estados Unidos nuevamente podía replegarse en sí mismo,
con la conciencia tranquila porque el trabajo norteamericano
nuevamente había demostrado ser un “buen trabajo”. En este contexto,
los asuntos exteriores eran una desagradable distracción apenas
temporaria porque se aplicaba la máxima fuerza al agresor como castigo
y como una lección de que la agresión era inmoral y no recibiría premio
alguno. Como resultado, las guerras norteamericanas eran guerras
totales a fin de acabar con la guerra misma, pero cuando terminaban
Estados Unidos nuevamente se replegaba en la política internacional.

Una vez que se había restablecido la normalidad, el péndulo volvía a su
lugar originario.

Este es el modelo de la política exterior norteamericana: del
aislamiento al intervencionismo, del repliegue a la cruzada y vuelta al
principio. En su carácter de país política y moralmente autoproclamado
superior, Estados Unidos podía permanecer incontaminado sólo
absteniéndose de involucrarse en un mundo corrupto o, si el mundo no
lo podía dejar en paz, destruyendo la fuente del mal. En resumen, tanto
los impulsos hacia el aislacionismo como hacia la cruzada surgían del
mismo moralismo. estas oscilaciones tendían, además, a estar
acompañadas por radicales cambios de humor: de un estado de
optimismo, que surgía de la creencia en que Norteamérica iba a reformar
al mundo, a la desilusión en la medida en que los grandiosos objetivos
que Estados Unidos se había planteado para sí demostraban estar más
allá de su alcance. Al sentirse demasiado buena para este mundo, el
cual claramente no quería ser reformado sino que prefería sus viejos
hábitos corruptos, la nación se replegaba en el aislacionismo para
perfeccionar y proteger su modo de vida. Al haber esperado demasiado
de su utilización del poder, Estados Unidos también tendía a sentirse
culpable y avergonzado por haber utilizado dicho poder.

El tercer resultado del desprecio por la política de la fuerza era
la separación entre la fuerza y la diplomacia. En tiempo de paz, se
suponia que sin el apoyo de la fuerza la diplomacia preservaría la
armonía ente los Estados. Pero, en tiempos de guerra, las consideraciones
políticas se subordinaban a la fuerza. Una vez que los diplomáticos
habían fracasado en su tarea de mantener la paz, apelando a la moral
y la razón, las consideraciones militares se tornaban primordiales y se
recurria al soldado.

Estados Unidos tradicionalmente ha rechazado el concepto de
la guerra como instrumento político y la definición de Carl von
Clausewitz de la guerra como continuación de la política por otros
medios. Por el contrario, ha considerado a la guerra como una operación
politicamente neutral que debía conducirse por medio de sus propias
reglas profesionales y sus imperativos. El oficial era un hombre apolítico
que conducía su campaña de manera estrictamente militar y tecnicamente
eficiente.

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Comments
2 Responses to “A ORIENTAÇÃO NORTE-AMERICANA DA POLÍTICA EXTERNA”
  1. Manoel Giffoni disse:

    Muito interessante essa análise (quasi psicológica) do comportamento internacional dos Estados Unidos de tempos atrás. Mais interessante ainda, é verificar como o ideal de pureza democrática e paz social através da riqueza, degeneraram. Se, por um lado transformaram a palavra “liberdade” num sofisma, por outro, a busca pela riqueza tornou-se soberba, arrogância, especulação, bolha e crise.

    Qual não é a ironia de um país fundado na crença da paz como “estado natural” ter criado o maior complexo industrial militar do mundo, ou seja, uma força econômica que sem a guerra se anula?

  2. Rei disse:

    feliz 4 de julho!

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